jueves, 14 de enero de 2016

La Torre de la Ermita del Señor de los Milagros de Buga



La Ermita Vieja del Señor de los Milagros.

La Torre de la Ermita


La Ermita del Señor de los Milagros, venerado desde 1580, según la tradición, fue construida entre 1718 y 1734 y reparada después del terremoto de 1766. Demolida en 1907,  de ella se han conservado únicamente la Torre, algunas piezas de sus retablos y el púlpito, hoy en la Catedral de San Pedro de Buga. La Torre fue restaurada por Diego Salcedo Salcedo en 1961.

 ( Fuente: Apuntes 19 UJ. Guadalajara de Buga y su arquitectura)



La Torre de la Ermita y la Basílica del Señor de los Milagros.

La Torre de la Ermita


La Torre de la Ermita hoy. Diciembre del 2015. 




















Estampas en sepia VII- Lucha de clases

Estampas en sepia

Diego Salcedo Salcedo
"Zumbambico"

Para el concurso " Recuerdos de mi Pueblo"
de la Junta Regional de Cultura
del Valle del Cauca

Buga 1985


Lucha de clases

Pasa un camioncito con músicos que aporrean una marcha de circo, seguidos por una algarabía de muchachos. Alguien grita por un altavoz y reparte al aire hojas volantes que rapiña la gente. Me acerco con timidez y una cae literalmente entre mis manos.

Tinta roja, ilustraciones, letras grandes y pequeñas, la hoja me lleva al mundo de los carros locos, de la rueda de Chicago, del carrusel de los caballitos, y me pongo a soñar en la magia de la Ciudad de Hierro. 

Siento que soy feliz.




Recostado contra el poste sigo mirándola, fascinado, y me despierta el manotazo de un muchacho que la rasga al arrebatármela, mientras se burla de mi muerto de risa y corre. Media cuadra más allá se vuelve, se ríe de nuevo y agita la hoja divertido por la cara de idiota que yo he puesto.






jueves, 7 de enero de 2016

Estampas en sepia VI- Los mandados.

Estampas en sepia

Diego Salcedo Salcedo
"Zumbambico"

Para el concurso " Recuerdos de mi Pueblo"
de la Junta Regional de Cultura
del Valle del Cauca

Buga 1985


Los mandados

Mi tía me mandaba a comprarle tubinos de hiloseda en el Arti, una tienda para costureras en los bajos de la casa de la Gallega, la más hermosa del Buga colonial. La recuerdo pequeñita y apachurrada, pese a los dos pisos que tenía, y quedaba en la esquina de la quinta con trece, frente al Colegio Académico. El local del Arti era más bajo que el andén, la tienda un primor de limpieza y abigarramiento, y el balcón sobre la trece tenía baranda de madera entablerada como las puertas del presbiterio de la parroquia, pilares tallados y techo saledizo que me ponían a soñar con mosqueteros y espadachines de otros tiempos.

Me gustaba comprar tubinos en el Arti.





Mi abuela me mandaba por pandebono trasnochado donde Carmen Cárdenas, caramelos y panelitas de leche donde las Chamorras o confites a la casa de Carmen Bonilla.

Esas tiendas y otras pulperías eran en la carrera 14 entre quinta y sexta, cuadra que comenzaba con el Oasis, de don Luis Alfonso Delgado, que vendía rancho y kola de bolita en el local donde antes dizque estuvo el almacén de Don Lucio, el papá del Tenor y de Salospi, frente a la plazuela de San Francisco.

Dos tiendas más allá estaba Carmen Cárdenas y al final, antes de las ruinas de El Higuerón, la tienda de las Chamorras. El Higuerón se apodaba así porque era una tienda de esquina, sobre la plaza, que se mantenía llena de "patos", como se mantenían los patos de verdad bajo los palos de higuerón en los anegados de Cauca. Lo conocí demolido, pero cuando allí construyeron el Canaima, resucitó el mejor patiadero del mundo.


Arriba, carrera catorce con calle sexta, el Higuerón.
Abajo, la misma calle, el café Canaima.

La cuadra de esta reminiscencia tenía y tiene todavía la particularidad de no estar formada por casas sino por tiendas, proyectadas como tales muy allá en la Colonia para aprovechar a la gente que se movía entre el mercado de la plaza y la misa  en la Ermita del Milagroso.

A las Chamorras, un par de viejitas lindas y blancas de lo puro caratejas, las engañó un paisa que les hizo llenarle una chuspa de las de Alotero con toda clase de artículos y salió "un momentico", con chuspa y todo, dejándoles en prenda el caballo amarrado a los balaústres de la ventana mientras volvía. Cansadas de esperar, se asomaron a la puerta y sólo encontraron un trozo de lazo viejo colgado de la ventana.

Cuando amanecía con guayabo, mi tío me mandaba a comprarle una botella de chispa en el estanquillo de don Martiniano Garcés, que quedaba en los bajos de la Obra Pía, la esquina de la plaza que hace diagonal con  el palo de quenepo del parque y está frente al Palacio de Justicia por la carrera catorce. En la esquina de tal Palacio estaba la telegrafía y allí los telegramas bajaban y subían de la planta alta por un sistema de cuerdas y poleas que para mi era lo último en eficiencia y en ingenio.


Izq. El Montúfar, frente al Parque Cabal. Der. La esquina donde quedaba la farmacia de Esquivel.

De regreso por la catorce veía las vistas de Tim Mc. Coy y Boy Steele en el Montúfar y aguantaba las bromas de los choferes de la Flota Cabal por aquello de la botella de chispa que llevaba. Eran, cada uno de ellos, una verdadera institución en el pueblo, que los conocía y los quería. Los recuerdo a casi todos: a Micura, a Chirrillas, a Muelegallo, a Dulce, a don Jesús María, a Pacho Barona, a Tino Hernández, a Camachito. Micura tenía una berlina grande con dos asientos plegables en el puesto de atrás, de suerte que en un momento dado podía llevar hasta siete pasajeros, una verdadera novedad. Allí están todavía los sucesores de esos primeros taxistas que se estacionaron para siempre sobre el costado del parque frente a los Portales y que rompían lo austero de la Ciudad Señora con su vocabulario desabrochado y sus comentarios irreverentes que hacían reír al padre Rodas, "Mijito", lo apodaban ellos por cariño.

Otras veces tenía que comprar glóbulos homeopáticos, Cafiaspirina o Cortal en la farmacia de don Tomás Esquivel, en la esquina del Templo, diagonal a la plazuela. La plazuela estaba cerrada por una malla alta y era un jardín tupido, lleno de resucitados, manueliones, achiras, icacos, rosales, lirios, cortejos y careyes, que a duras penas dejaban ver la imagen de la Virgen de Lourdes que puso allí don Modesto.

Hacer mandados era una gran aventura y daba mundo.


miércoles, 30 de diciembre de 2015

Estampas en sepia V- El Tenor



Estampas en sepia

Diego Salcedo Salcedo
"Zumbambico"

Para el concurso " Recuerdos de mi Pueblo"
de la Junta Regional de Cultura
del Valle del Cauca

Buga 1985

                                                       

                                                            

                                                             El Tenor




Ernesto Salcedo Ospina ( sentado sobre el piano)

El personaje legendario era el Tenor Salcedo, gloria de Buga si las hubo. Me parece oírlo como una noche en la sala de mi casa cantando a dúo con don Saulo Patiño mientras mi abuela los acompañaba al piano.

Travieso, juguetón, bohemio, el pueblo lo adoraba y guarda su memoria con veneración. Alternaba con todos en cantinas o en veladas elegantes sin perder el ascendiente que sobre los demás le daban su arte, su inteligencia, su señorío y su buen humor.

Una tarde, en la puerta de la alcaldía y siendo personero municipal, hizo corrillo con mi papá y don Jasón Guzmán y pude mirarlo en detalle, boquiabierto. De corta estatura, entrecano ya, usaba melena frondosa y levantaba con gracia el perfil aguileño para hacer un comentario divertido.

Cuando nos despedimos, mi papá me dijo:

- Ese señor que estaba con nosotros es el Tenor Salcedo.


Ernesto Salcedo Ospina. Fotos Archivo  Biblioteca Departamental
De Ernesto se dijeron muchas cosas, entre ciertas y falsas, que fueron conformando la leyenda: que si cantó en la Scala de Milán, que si en el Metropolitan Opera House, que si cantó con Caruso, que si dio desde un palco el Do de pecho en una noche de ópera cuando al tenor que estaba actuando le falló la garganta, que si le ofrecieron contrato para una gira mundial y no quiso irse, que si era capaz de romper copas con la vibración de sus notas más altas, que si interpretaba arias de soprano, vestido de mujer, para ponerle picante a las presentaciones y hacer alarde de su registro amplísimo, que si grabó discos con la Víctor en Nueva York, que si desechó la fama y el dinero por el gusto de vivir en Buga.

Un domingo, a la hora de la misa de once, pusieron la Orquesta Colombia en el  Bar Central para animar a los parroquianos, y el Tenor, entusiasmado con la maestría de Barbosa, de Ignacio, de Arnulfo Cobo, se tomó unos aguardientes y cantó Esfinges y Cauca a todo pulmón. Retumbaba la voz aquella por todos los recovecos de la iglesia de Santo Domingo, y nadie pudo oír misa esa mañana.



Pero el mejor retrato de Ernesto lo hizo él mismo y lo publicó en la prensa a manera de aviso:

" Ernesto Salcedo Ospina, exdirector de Obras Públicas, expersonero, extenor y expolítico, avisa al público que está a sus órdenes para todos los trabajos relacionados con construcción y montaje de ruedas hidráulicas". 






martes, 22 de diciembre de 2015

Estampas en sepia IV - Día de Reyes

Estampas en sepia


Diego Salcedo Salcedo
"Zumbambico"

Para el concurso " Recuerdos de mi Pueblo"
de la Junta Regional de Cultura
del Valle del Cauca

Buga 1985



                                             Día de Reyes



Chila nos llevaba los domingos a los bautizos en la parroquia, en diciembre a ver pesebres y en enero a la fiesta de Reyes en La Merced.

De los bautizos poco recuerdo, aparte de la cara de circunstancias de Tomás Quintero, el sacristán, meticuloso y exigente para que todo saliera según la rutina de la liturgia.

De los pesebres me quedaron sueños frustrados al encontrar que el militar de trapo que ponían en la esquina de la casa de cartón era dos veces más alto que la dichosa casa, y que los patos de celuloide de los estanques eran bastante más grandes que las vacas que pastaban a la orilla. Eran mejores los pesebres que me hacían mi papá, mi mamá y mis tíos en las gradas de la ventana porque no los llenaban con esos disparates.


Foto. Archivo fotográfico del Valle del Cauca

La fiesta de Reyes en La Merced si era un programa sensacional. En un mangón grande, de los que abundaban en el barrio en ese tiempo, levantaban un escenario de guaduas y esterilla y un dosel alto con guirnaldas de papelillo y flores artificiales guardadas para eso desde la última rogativa del Milagroso. Allí desarrollaban el auto sacramental con personajes que la víspera habían recorrido a caballo las calles del centro encarnando a Gaspar, a Melchor, a Baltasar y al malo de Herodes.

Herodes declamaba:_ Ya vienen los embajadores, ¡ con qué embajara vendrán, sabiendo que soy Herodes, único rey de Jurá!

En el momento de mayor dramatismo imprecaba el Rey Negro:
_ Herores, Herores, te´oriro, te´escucharo, ¿ habís cambiaro di´opinión?

" Herores" se levantaba de su trono, echaba otra parrafada por el estilo, se quitaba la corona de azúcar que había ostentado en la cabeza durante toda la representación y la arrojaba al público, que la rompía en pedazos para comérsela.

Sonaban los cohetes, se prendían los sacaniguas y aparecía Chiribico tocado de plumas, el cuerpo embadurnado de colores, como brujo africano, y blandiendo un zurriago de verraquillo para repartir latigazos a la pandilla de muchachos que lo acosaban gritándole como endemoniados:

_ ¡Chiribico matapuercos, Chiribico robagallinas!

Así recorrían el barrio y llegaban hasta el Templo alterando la paz y el orden público.

Era una fiesta de verdad aquello.



jueves, 17 de diciembre de 2015

La capilla de San Francisco de Buga

La Capilla de San Francisco de Buga

Restauración Diego Salcedo Salcedo- Rodolfo Vallín.



La portada lateral de la capilla de Jesús Nazareno ( como se llamaba en sus comienzos la hoy conocida como Capilla de San Francisco) está fechada en 1746. Dicha capilla pertenecía al colegio que la Compañía de Jesús había fundado en Buga. Los jesuítas fueron expulsados en 1767 y la capilla y el colegio quedaron abandonados durante muchos años. En 1807 fue reparada y adjudicada a la Orden Tercera, tomando entonces el nombre de Capilla de San Francisco. Los terciarios construyeron la torre que, al comienzo del siglo XX,  fue techada con la cúpula actual. Con la creación de la Diócesis de Buga (1966) y la llegada de su primer Obispo, Monseñor Julián Mendoza Guerrero ( 1967), la Capilla pasó a ser administrada por la Diócesis y el Obispo encargó a Diego Salcedo Salcedo la restauración de San Francisco para ser utilizada como Capilla de la Curia Episcopal. Las obras se iniciaron en 1968 y se terminaron en 1971. Los muros del segundo piso conservaban la decoración mural, cuya restauración fue realizada por el Taller del maestro Rodolfo Vallín.


Arriba. Fachada sobre la carrera 14. Abajo. Fachada sobre la calle 5.
Fotos Buga por siempre y Josefina Salcedo


Portada lateral y una de las ventanas de la fachada de la calle 5. Fotos Josefina Salcedo
Cúpula actual. Fotos Lucía Roldán M.



Interior de la Capilla, desde el coro.

Corredor interior que da a la casa y murales. Fotos Juana Salcedo M.


Desde el corredor interior. Murales y ventana que da a la Capilla.
Fotos Juana Salcedo M.

Izq. Torre y baranda del corredor interior. Der. La escalera del campanario. Fotos archivo Diego Salcedo

Desde el interior de una de las ventanas de la torre. Foto Buga por Siempre.





viernes, 11 de diciembre de 2015

Estampas en sepia III- ¡Hay Bando!


Estampas en sepia

Diego Salcedo Salcedo
"Zumbambico"

Para el concurso " Recuerdos de mi Pueblo"
de la Junta Regional de Cultura
del Valle del Cauca

Buga 1985




¡Hay Bando!


Al empezar diciembre la banda Pelleja acompañaba a Josecruz Riomalo a pedir para la novena. Josecruz andaba con una hucha, sobre la hucha un Niño Dios antiguo, y gritaba desde los portones:

_ ¡ Plata p´al Niño Dios!

Los bugueños caricaturizaban la escena contestando desde el interior de las casas:

_ ¡ Pren, pren pregón, plata p´al Padre Aragón.!

La Pelleja estaba formada por tres o cuatro viejitos que ya habían parado de envejecer porque pasaban los años y seguían idénticos, con las mismas arrugas, los mismos instrumentos, la misma indumentaria de dril, la misma falta de acoplamiento musical y las mismas piezas de siempre, pero eran populares y la gente salía a oírlos y a reírse un rato.

No he podido precisar si era la tambora de La Pelleja o algún policía quien acompañaba al agente que leía el bando. Lo cierto es que el bando era con redoble y todos salíamos a la esquina de las Santacolomas para enterarnos de la situación, pero lo único que lográbamos saber era que se debían pintar las casas porque ya venía la Semana Santa, o izar bandera el próximo veinte de julio so pena de multa convertible en arresto.

Se veía linda la ciudad embanderada y todos emulaban en tener el mejor pabellón y el asta más elegante. La bandera de don Chepe Azcárate tenía escudo bordado y lucía muy bien en el balcón de la esquina, pero mi papá rezongaba cada vez que la veía porque el escudo no es para usarse en esos casos.



La alcaldía se la turnaban don Chepe Plaza, Romuscal y don Carlos Concha, y sabíamos que habían cambiado entre ellos porque el que estaba reestrenando el puesto recorría la población después del respectivo bando recordando a los vecinos la orden de blanquear o regañando a quien olvidaba izar bandera

Pero l´autoridá, lo que se llama propiamente l´autoridá, la encarnaba Miguel Angel, el eterno policía municipal.

Miguel Angel ya estaba más que maduro, era alto, desgarbado, de bigote ralo, y, aunque no tenía cara de bravo, nos aterrorizaba.

Lo veíamos venir desde la plaza con su uniforme caqui desteñido de pantalones anchos y guerrera raída y corta de mangas, de hombros y de faldas, ceñido por un cinturón universal con hebillas de cobre, armado de bolillo y revólver y tocado con una gorra informe puesta a la pedrada.

Mejor dicho, una pantomima de lo marcial que no resistía comparación con los oficiales del Palacé, siempre listos para que cualquier superior les pasara revista, y sin embargo nos asustaba el carcelazo que nos podía meter Miguel Angel, como lo hacía con los muchachos que cogía caucheriando en el parque o subidos al quenepo robando la cosecha, o al bay-rum por quitarle las hojas para hacer perfumes.

Por eso nos escondíamos de él en los zaguanes, detrás del portón, y siempre nos asomábamos antes de tiempo, cuando pasaba el policía muerto de risa por el susto que nos daba.